El día 8 de octubre de 2008 escribí un poema, dedicado al 11-M, que, recitado por mí en diferentes tertulias literarias de Madrid, provocó mi expulsión de la que tiene lugar en el Círculo de Bellas Artes. Lo publico ahora en esta tribuna, precedido de las palabras que le sirven de preámbulo, para que se tenga idea clara del grado de persecución a que se ve sometida, en ciertos ambientes culturales, la libertad de expresión.

Dos días después de aquel terrible 11 de marzo, muchos formaron rebaño, en plena jornada de reflexión, para exigir al Gobierno la verdad de lo ocurrido. Me pregunto dónde están hoy. El día 11 de cada mes, unos llamados Peones Negros, que, de verdad, quieren saber quiénes se encuentran detrás de aquella matanza, acuden a la estación de Atocha, con ánimo de honrar a las víctimas de tan tremendo atentado. En ellos pensaba cuando, en octubre de 2008, escribí estos versos. Me encantaría tener la oportunidad de recitárselos a Zapatero; pero no a solas, sino en un abarrotado Congreso de los Diputados, ante mil cámaras de televisión, en nombre de las víctimas del 11-M.


Fernando Lago

Poema dedicado al 11-M

viernes, 25 de febrero de 2011

Apoteosis


Vida oculta de Pepiño Blanco
(Capítulo 5)


     La llegada de Pepiño Blanco al pazo de San Damián de Lamacido, poco después de su bautizo, fue algo inenarrable. Al menos para mí, que, por no haber sido agraciado con el don divino de expresar lo grandioso, lo épico, no encuentro palabras para ello. Así que, como no doy con ellas, dejo ya de buscarlas, y, muy a mi pesar, echo mano del pobre lenguaje que los dioses me concedieron, porque haría falta un Dante -¡qué digo un Dante, un Homero!- para cantar la grandeza de aquel momento.
     Doña Amalia de Andrade Sotomayor y Lourido de Braganza vio en Pepiño, al término del bautizo, un santo, más que un cristiano, y ordenó, con el consentimiento del cura -bien untado por la mano pródiga del marqués-, que se le tributara la debida veneración. A tal efecto, Pepiño, que aún no andaba, fue puesto en un tacatá, y llevado en andas desde la iglesia parroquial de San Damián de Lamacido hasta el pazo de los marqueses. La procesión, concurridísima, contó con el apoyo mediático del corresponsal de "La Voz de Ortigueira", semanario comarcal que, días después, con su estilo inimitable, dio amplia noticia de tan insólito acontecimiento. Quisiera, amable lector, que la Divina Providencia te abriera los ojos de la fantasía para que vieras, en todo su esplendor, la grandiosidad que mi humilde pluma no logra transmitirte. Sólo así podrás vivir, siquiera por un momento, la apoteosis de Pepiño Blanco, que, erguido dentro del tacatá, llevado en andas por cuatro parroquianos al frente de una larga procesión, iba camino del pazo, dando tumbos, como la imagen de cualquier santo, por enfangadas "corredoiras". El cura, que había hecho cristiano a Pepiño, dirigía solemnes cánticos de alabanza, acompañados musicalmente por un grupo de seis gaitas, un bombo y un tambor. Las mujeres llevaban escapularios y estandartes; los hombres, velones apagados, que habían salido encendidos de la iglesia. Pepiño Blanco, que, con el agua bautismal, había pescado una buena cagalera, consiguió que la procesión llegara al pazo, envuelta en olor de santidad. 

Tío Chinto de Couzadoiro

Enlace al Capítulo 6:   El acróbata Pepiño
Enlace a "Vida oculta de Pepiño Blanco":   Los 39 primeros   
     

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